UN EQUIPO NO SE FORMA SOLO JUGANDO AL VOLEY
Vivimos en una época donde muchas veces medimos el éxito únicamente por el resultado. Si se gana, todo parece estar bien. Si se pierde, pareciera que todo está mal. Sin embargo, quienes llevamos años dentro del deporte sabemos que la realidad es mucho más profunda.
El vóley no empieza cuando el árbitro hace sonar el silbato, ni termina cuando cae la última pelota. El verdadero partido comienza mucho antes.
Un equipo no se construye únicamente con buenos saques, buenos ataques o una defensa sólida. Se construye con confianza. Con respeto. Con comunicación. Con compañerismo. Con la tranquilidad de saber que, cuando una jugadora comete un error, va a encontrar una mano tendida y no un reproche.
Muchas veces entrenamos la técnica durante horas. Repetimos sistemas, movimientos y fundamentos. Pero pocas veces entrenamos algo igual de importante: el vínculo entre las personas.
Los equipos que dejan una huella no son solamente los que levantan copas. Son aquellos que disfrutan el camino. Los que aprenden a compartir una charla antes del partido, una comida después de jugar, una risa durante un entrenamiento o un abrazo cuando las cosas no salen.
Porque cuando llegan los momentos difíciles, la técnica sola no alcanza. Es ahí donde aparece el grupo.
Un grupo unido se comunica más. Se anima a corregirse. Se sostiene emocionalmente. Entiende que un error individual nunca está por encima del objetivo colectivo.
Hoy muchos jugadores y jugadoras pertenecen a distintos clubes, entrenan en diferentes lugares y apenas coinciden el día del partido. Esa realidad hace todavía más importante generar espacios para conocerse, para escucharse y para construir un verdadero sentido de pertenencia.
Ser un equipo no significa solamente vestir la misma camiseta. Significa compartir una misma idea, un mismo compromiso y una misma forma de vivir el deporte.
Como entrenador, siempre creí que mi tarea va mucho más allá de enseñar un sistema de juego. Mi responsabilidad es ayudar a formar personas capaces de confiar unas en otras, de respetarse y de crecer juntas.
Los resultados llegarán o no, porque el deporte tiene esa incertidumbre que lo hace maravilloso. Pero hay algo que siempre estará bajo nuestro control: la manera en que elegimos recorrer el camino.
Mi objetivo nunca será formar seis jugadoras que jueguen bien al vóley.
Mi verdadero objetivo es formar un grupo que disfrute competir, que se apoye en los momentos difíciles y que, con el tiempo, pueda mirar hacia atrás y decir con orgullo: «Más allá de los resultados, valió la pena ser parte de este equipo.»
Porque los partidos se ganan y se pierden.
Los equipos se construyen.
Y los grupos humanos dejan un legado.
PABLO GABRIEL SAHADE

